viernes, 27 de diciembre de 2013

Rompes mis pensamientos

Estaba aquí pensando que, si alguna vez nos encontramos por la luz de un lejano mundo ... me detendré sobresaltada ante tí.
Esos ojos tuyos los veré entonces como estrellas de la mañana ... y ... sin embargo, sentiré que fueron de un olvidado cielo de anochecer ... en una vida anterior.
Sabré que el encanto de tu cara no será todo tuyo ... que lo robó la luz apasionada de mis ojos en algún encuentro inmemorial ... y cobró de mi Amor un misterio que había olvidado su origen.
Creo que antes de encontrarnos ... me habías visitado en una visión.
Esa visión debía yo tenerla cuando estaba inundada del olor de la flor de la sal ... cuando el resplandor crepuscular del rio orillaba las arenas ... y los vagos sonidos de la tarde se fundian.
Rompes en mi pensamiento como el oleaje de la pleamar ... y mi corazón se ahoga bajo la marejada de tus emociones.
Ya me iba, y no te decidias a hablarme; pero yo sentía, en su vago estremecerse ... que tus brazos ansiosos querian decir: ¡No, todavía no!
Muchas veces he oido gritos en el roce de tus manos ... aunque ellas no supieran lo que decian ... he sentido el tartamudeo de tus brazos, que, de no hablar así ... hubieran colgado a mi cuello la guirnalda de tu juventud.
Tus leves gestos vuelven a mi memoria ... a favor de las secretas horas calladas ... como chiquillos traviesos que jugando
... me cuentan las cosas que él me había tenido guardadas.

jueves, 19 de diciembre de 2013

La muerte del corazón

 
Tú, boca enjuta, crisálida del gozo, luna pequeña en medio de un fragor ... pierna dócil.
Vellón entre las sedas, ópalo que se incendia más cerca del sollozo ... éxtasis, claridad derramada ... dientes que roen el hombro ... alarido del puma, selva.
Un caracol subía por la espalda desnuda ... fuera su baba ungüento y la araña una débil mazorca germinando.
Tu sangre paralela ... qué amargor.
Deshago el corazón, turbio ovillo, pradera del deseo y más tarde ... las horcas en el campo.
Descalza, talo árboles ... descienden por barrancos los gemidos; no hay fuentes ya, ni la sábana verde ... ni la cántara ocre.
Sólo tú y mi muerte ... turbias horcas frutales por donde pende el cuerpo y estos senos granados como pimientas rojas.

martes, 17 de diciembre de 2013

Desde la retaguardia

 
Son agradables, desde luego. A nadie se le ocurriría examinar con lupa sus contratos, o guardar, por si acaso, las cartas bajo llave.
Amables y eficientes ... lo que vemos es lo que hay.
¿Qué falla si al convivir con ellos no deja de extrañarnos que haya tantos matrimonios felices y gente desgraciada?
No se pierden ninguna charla política, pues tienen inquietudes ... realmente quieren ayudar.
Con todo, mientras miran la tierra desde cualquier periódico ... ¿cómo no les aturde su horror y su locura, si nunca ... de eso estoy convencida ... sintieron una brusca apetencia de torturar al gato o desnudarse en público?
¿Desearon alguna vez, me pregunto con intriga, ver algún unicornio ... aunque estuviera muerto?
Quizá.
Pero no lo dirán, ignorando de tácito acuerdo nuestro anhelo de vida eterna ... ese enjaulado y censurable interrogante que irrumpe en ocasiones en meriendas campestres ... reuniones de antiguos alumnos y que sólo el chiste verde ... irónicamente ... se atreve a defender.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Los movimientos del mundo

Si el tiempo y el espacio nos sobrasen, con toda parsimonia pensaríamos en cómo pasar nuestro amor perenne.
Te amaría años antes del diluvio y podrias ... si quieres ... rechazarme hasta que se conviertan los judíos.
Mi amor crecería hasta hacerse más grande que un imperio ... y también más despacio.
Pasarían cien años consumidos en elogios de tu frente y el brillo de tus ojos.
Doscientos adorando tu pecho ... treinta más para el resto del cuerpo.
Una edad celebrando cada una de tus partes, y otra edad ... para decir cómo es tu corazón.
No mereces menos ... ni yo podría amar con mayor prisa.
Pero a mi espalda no dejo de oír cómo me persigue el alado carro del tiempo, y más allá se extiende ... delante de nosotros, el desierto de la inconmensurable eternidad.
... que los placeres se desgarren, con los punzantes hierros de la vida.

martes, 10 de diciembre de 2013

Tarde ... en la noche

 
Os he mirado suficiente, ahora puedo hablaros como quiera.
Me he sometido a vuestros deseos, observando con paciencia lo que amáis ... hablando a través de otras vías, en detalles terrestres ... como lo preferís vosotros.
Jamas aceptaréis una voz como la mía ... indiferente a los objetos que tan prestamente reclaman vuestras bocas ... pequeños círculos de miedo.
Todo este tiempo disculpé vuestras limitaciones ... pensando que tarde o temprano las dejaríais de lado ... pensando que la materia no absorbería jamás vuestra mirada.
No puedo continuar limitándome a imágenes porque os creáis con derecho a discutir mis intenciones ...
... ahora estoy preparada; llorando, si, me arriesgo a la alegría en el áspero viento de un nuevo mundo.