Los poemas a la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte.
Los médicos
alaban su poema a la muerte
y se van.
El sacerdote moribundo
mira como si
lo supiera todo.
Mira al frente. ¿Qué hay?
Si lo ves tal cual es
nunca errarás.
Inspira, espira,
adelante, atrás,
viviendo, muriendo:
las flechas, disparadas contra sí,
se encuentran a mitad del camino y rebanan
el vacío en su vuelo sin objeto.
Así regreso al origen.
Quien recita poemas a su muerte
añade escarcha a la nieve.
La nieve fundida
es la tinta
con la que firmo
el rollo de mi vida.
"Suya, atentamente".